Si no ganas, no pierdes
Por qué enganchan tanto los hackathons, y cómo construimos Embarca y quedamos segundos en el Iberoamérica 2030 del Club Hispanidad Futura, con el premio al mejor pitch incluido.

"Si no ganas, no pierdes" es la idea sobre la que construimos Embarca. También es la mejor forma que he encontrado de explicar por qué no dejo de apuntarme a hackathons.
Esta vez fue el hackathon Iberoamérica 2030 del Club Hispanidad Futura, en el Instituto de Emprendimiento Avanzado de Madrid, justo una semana después de ganar otro. Lo hice junto a Álvaro Carpintero López, Alejandro Serrano Ruibal, Adrián Cervantes Menéndez y Thameur Triki. Construimos Embarca, una plataforma de retos reales de empresas para que un joven demuestre lo que sabe hacer, quedamos segundos y nos llevamos el premio al mejor pitch.
Primero cuento qué tienen los hackathons para engancharme así. Después, cómo fue el día: lo que recortamos, lo que construimos, lo que se rompió por el camino y cómo llegamos al pitch.
Qué tienen los hackathons
El tiempo
No sé muy bien qué tienen, pero enganchan. Llevo unos días intentando explicarme por qué, y creo que la primera razón es el tiempo. En un hackathon, todo lo que en un proyecto normal se reparte en semanas pasa en unas horas: entender el problema, discutir ideas, tirar la mitad, construir, ver cómo se rompe, arreglarlo y defenderlo. No hay margen para darle vueltas a nada. Cada decisión se nota en el momento, para bien o para mal, y eso te obliga a pensar más rápido y más claro de lo que lo haces cualquier otro día.
Resolver problemas
Lo que más me gusta de un hackathon es que te dan un problema que no conoces y unas horas para resolverlo. Nadie te dice cómo. Tienes que entenderlo, pensar varias soluciones, descartar las que no caben en el tiempo que tienes y quedarte con la que mejor responde al problema de verdad.
En este, el reto ni siquiera era técnico: era cómo dar oportunidades al talento joven entre dos países. Antes de escribir una línea de código hubo que decidir qué problema íbamos a resolver exactamente, y esa parte, la de pensar la solución, es la que más me engancha y la que más me enseña.
La gente
Y luego está la gente. En un hackathon estás rodeado de personas con tu misma mentalidad: gente que ha decidido pasar el día construyendo algo en vez de descansando, y que lo hace con muchísimo talento. Trabajas codo con codo con tu equipo, con mentores que te dicen lo que no quieres oír y con un jurado que en unos minutos tiene que entender lo que has hecho en un día entero.
Y el ambiente siempre es muy bueno. Todos van con prisa y bajo presión, pero nadie pierde las ganas de ayudar, de preguntar o de enseñarte lo suyo. Muchas veces lo que cambia tu proyecto no sale de tu mesa, sino de una pregunta de un mentor o de una objeción que sabes que el jurado va a hacer.
Aunque no ganes
En un hackathon gana un equipo y el resto no, y aun así nadie sale con las manos vacías. Te llevas algo que funciona y que puedes enseñar, unas cuantas decisiones que en un trabajo normal habrías tardado semanas en tomar y una lista de errores que ya no vas a repetir. Si ganas, mejor; si no, todo eso se queda igual.
Es la misma idea sobre la que construimos Embarca: que cada intento cuente, aunque no sea el ganador. Y es lo que hace que, cuando acaba uno, ya estés pensando en el siguiente.
Embarca
El reto
Todos los equipos teníamos el mismo reto: convertir la comunidad iberoamericana en una plataforma tecnológica de oportunidades para el talento joven. Tenía que poder pilotarse en 90 días entre al menos dos países, cubrir cinco dimensiones (talento y educación, tecnología e IA, financiación, impacto social y relaciones institucionales) y acabar en un prototipo "capaz de cualificar demanda real".
El jurado puntuaba sobre todo el impacto en el talento joven (25 %), la innovación y el uso de la IA (20 %) y la viabilidad del piloto (20 %). El pitch pesaba solo un 10 %, algo que tiene su gracia visto cómo acabó.
La organización ofrecía Lovable para montar el prototipo rápido, una buena opción para un día así. Nosotros decidimos escribir el código desde cero, con Next.js, Supabase y Vercel, porque queríamos enseñar algo que se pudiera lanzar tal cual al acabar, no una maqueta. Eso nos ponía el listón más alto: todo lo que se viera en la demo tenía que funcionar.
Recortar antes de construir
La primera línea de código no llegó hasta pasadas las doce. La mañana fue para decidir qué construir y, sobre todo, qué no.
La idea con la que empezamos era enorme: retos de empresas y del propio Club, un sistema que conectara a los mejores con las empresas, un pasaporte de talento que juntara retos, GitHub y LinkedIn, y hasta entrada por voz con un chatbot. Los mentores nos dijeron lo que hacía falta oír: escalable, pero demasiado grande. Necesitábamos un nicho.
Nos dieron tres consejos más. Diferenciarnos de plataformas como HackerRank, que sirven para filtrar a quien ya busca trabajo; nosotros queríamos dar la primera experiencia real a quien todavía no la tiene. Ponernos en la piel de cada actor, uno por uno (la universidad, la empresa, el estudiante, la competencia y quien lo financiaría), con lo que quiere, lo que teme y las preguntas trampa que haría. Y, sobre todo, ir a la causa raíz del problema.
Así que recortamos. Fuera la voz, fuera LinkedIn y fuera el emparejamiento automático, que en el fondo era ordenar entregas por nota. Nos quedamos con un perfil, tecnología junior, dos países, España y Colombia, y una pregunta que sabíamos que el jurado iba a hacer: "¿esto no es trabajo gratis?".
La respuesta a esa pregunta acabó siendo el centro del producto. La empresa valora todas las entregas, no solo la ganadora, y cada valoración se queda en el pasaporte del estudiante. Si no ganas, no pierdes: te llevas una prueba de lo que sabes hacer, firmada por una empresa real. Y al cerrar cada reto, las tres mejores entregas se abren a todos los estudiantes para que aprendan de ellas.
Hubo otra decisión que tomamos pronto y que no movimos en todo el día: la IA no pone notas. Convierte lo que cuenta la empresa en un reto con entregable, plazo y rúbrica, y resume cada entrega para que valorarla lleve menos tiempo, pero la nota la pone una persona. Evaluar candidatos con IA es un uso de alto riesgo según la Ley de IA de la UE, y eso pasó de ser una limitación a ser un argumento.
El problema de verdad
Los datos dibujaban una paradoja. En España, el 22,7 % de los menores de 25 años está en paro (Eurostat, agosto de 2026), y en Colombia el paro juvenil es del 14,1 % (DANE). A la vez, el 78 % de las empresas tecnológicas españolas dice que no consigue cubrir sus vacantes (ManpowerGroup). Hay jóvenes buscando trabajo y empresas buscando gente, y no se encuentran.
Para llegar a la causa hicimos el ejercicio de los cinco porqués. ¿Por qué no contratan a jóvenes? Porque piden experiencia. ¿Por qué piden experiencia? Porque contratar a un junior es un riesgo. ¿Por qué es un riesgo? Porque el título y el CV no dicen lo que sabes hacer. ¿Por qué no hay otra forma de saberlo? Porque la única prueba creíble es haber trabajado con una empresa real, y esas oportunidades son pocas y van por contactos. ¿Y por qué son pocas? Porque montarlas cuesta tiempo y coordinación, y nadie asume ese coste.
De ahí salió la base de todo lo demás: no existe una prueba creíble de lo que un joven sabe hacer, y conseguirla es caro y escaso. Entre países es todavía peor, porque el título no viaja. Una valoración de una empresa real, sí.
Cómo lo construimos
Repartirnos el trabajo

Con cinco personas y pocas horas, lo más importante era no pisarnos. Antes de escribir código dejamos claro qué hacía cada uno y cómo íbamos a coordinarnos, y repartimos la app en partes que se pudieran construir a la vez, sin esperar a las demás. Cada uno trabajaba con sus propios agentes de IA, y cualquier cambio que tocara la parte de otro se pedía antes de hacerlo.
El sábado acabó con 89 commits y dieciséis pantallas.
Darle forma
La idea la fuimos construyendo entre todos. Lo mío fue sobre todo el diseño: la UI, la UX y la identidad visual de toda la app, y fue la parte en la que más veces empezamos de cero.
Partíamos de la marca del Club: su escudo, crema, azul marino y oro. Probamos varias tipografías y varios nombres, y ninguno terminaba de encajar. La portada pasó por una versión oscura y tecnológica, por tres direcciones que diseñamos y descartamos, y por un pasaporte abierto con sellos que caían al hacer scroll. Todo se veía bien, pero se parecía demasiado a cualquier otra web hecha con IA.
Lo que lo desbloqueó fue tomarse el pasaporte en serio. Si el estudiante es un pasaporte, la empresa que lo revisa es un aeropuerto y cada reto es una tarjeta de embarque, con su ruta, su puerta y su estado. A partir de ahí todo encajó: los colores de los paneles de aeropuerto para los estados de cada reto, las notas por colores en los sellos, las rayas del papel de seguridad en los fondos y rutas reales en cada tarjeta, como Madrid a Bogotá.
El nombre llegó con la idea: Embarca. Y con él, la frase de la portada, "Próximo destino: tu primer trabajo", y la del cierre del pitch: "Un título dice de dónde vienes; un sello, adónde puedes llegar".

Cómo funciona
El estudiante entra y ve sus próximas salidas: retos de empresas de España y Colombia, y también del propio Club, cada uno como una tarjeta de embarque con su ruta, su duración, el perfil que busca, la fecha de cierre y el premio. Los que están a punto de cerrar aparecen aparte. Al abrir uno ve el contexto, la tarea, el entregable y, antes de empezar, la rúbrica con la que le van a valorar.


Cuando la empresa valora su entrega, el sello aparece en su pasaporte con la nota, en un color que va del verde al rojo según el resultado. El pasaporte tiene su propia página pública, pensada para que el estudiante la comparta igual que compartiría un CV.

La empresa trabaja en otra pantalla, su terminal. Para publicar un reto escribe lo que necesita con sus palabras, y la IA prepara un borrador con título, tarea, entregable, plazo y rúbrica, que la empresa revisa antes de publicar. Desde la terminal ve cada reto como un vuelo en curso y cuántas entregas le quedan por valorar. Al valorar, puntúa cada criterio de la rúbrica según su peso; la nota final se calcula sola, pero cada número lo pone una persona.



Para la demo, la IA iba en modo simulado: construía el reto a partir del texto real de la empresa sin llamar a ningún modelo, para no depender de la red en directo. El código que llama al modelo está hecho y se activa con un interruptor.
Y el panel en vivo, diseñado como un tablero de llegadas de aeropuerto, enseña quién se va registrando.
Lo que se rompió
En un hackathon siempre se rompe algo, y casi siempre a la peor hora. A nosotros nos pasó más de una vez: piezas que funcionaban por separado y dejaban de hacerlo al juntarlas, o detalles que solo aparecían al usar la app como la iba a usar el jurado.
Ninguno de esos fallos era difícil de arreglar. Lo difícil era encontrarlos a tiempo. Lo que nos salvó fue probar la demo entera, de principio a fin, en lugar de cada pantalla por separado, y guardar margen al final para arreglar lo que saliera.
Hubo una cosa, en cambio, que decidimos no tocar: el panel en vivo, que enseña quién se registra, solo cuenta registros reales, aunque esté a cero. El reto pedía cualificar demanda real, y un número inflado ahí habría dicho justo lo contrario.
Llegar al pitch
Quién paga y cómo se arranca
Un producto así tiene dos lados, y el reto pedía además que fuera sostenible. El estudiante y la universidad no pagan nunca, y publicar un reto es gratis. La empresa paga 250 € por el contacto de cada persona que ha resuelto su reto, o 1.500 € por un plan premium que le da todos los contactos de su reto y lo destaca por encima de los demás. No cobramos comisión por contratación porque no podemos comprobar si la empresa contrata; cobramos por algo que sí vemos.
Pero lo más difícil de un mercado así no es el precio, sino el huevo y la gallina: sin retos no vienen estudiantes, y sin estudiantes no vienen empresas. Por eso el piloto empieza al revés. Los primeros retos los preparamos nosotros a partir de ofertas de empleo junior ya publicadas. Los estudiantes llegan a través de sus profesores, en una universidad de España y otra de Colombia. Y a las empresas se va al final, con el trabajo ya hecho: estos estudiantes ya han resuelto tu oferta.
El plan es de 90 días, arranca en la Cumbre Iberoamericana de noviembre y se mide con cuatro números que la app ya guarda: entre 60 y 100 inscritos, que entregue al menos el 60 %, que se valore al menos el 90 % de las entregas y que salgan al menos cinco contactos entre empresa y estudiante. El que manda es el del 90 %, porque sin valoración no hay sello.
El pitch
Hubo dos pitches. El primero, a mitad del día, era de prueba: lo presentábamos ante los mentores y nos daban feedback para afinarlo antes del de verdad. Ese lo hice yo.

El de verdad llegó al final del día, y en ese presentamos todos. Llegamos con la app desplegada y el ciclo completo probado: una empresa publica un reto, un estudiante lo ve, lo entrega, la empresa lo valora y el sello aparece en su pasaporte. El deck lo construimos durante la tarde, a la vez que la app, como una presentación animada con la misma marca. Contaba el problema a través de Andrés, un estudiante de ejemplo recién graduado en Bogotá, y seguía con la solución, una demo de 30 segundos, la idea de que si no ganas no pierdes, el modelo de negocio y el piloto con sus objetivos. Acababa con la frase del sello y con un QR para que cualquiera de la sala pudiera probar la app en ese momento.
El jurado nos dio el segundo puesto y el premio al mejor pitch.
Lo que me llevo
Lo que aprendí
Quedamos segundos. No ganamos, pero tampoco salimos con las manos vacías: nos llevamos el premio al mejor pitch, una app desplegada y un día entero de aprendizaje.
Del día me quedo con dos cosas. La primera, recortar. Llegamos con una idea de cinco piezas y la que sobrevivió fue la que respondía a la objeción más dura. En un proyecto normal eso puede tardar meses en verse; aquí lo vimos antes de comer. La segunda, que un día da para muchísimo si cada uno sabe qué le toca y nadie tiene que esperar a nadie.
Y creo que eso es justo lo que engancha. Llegas sin nada y sales con algo que funciona, que alguien ha puesto a prueba y del que has aprendido más que en muchas semanas normales. Te equivocas varias veces en pocas horas, y cada error se arregla a tiempo o se queda en el pitch. Cuando termina, lo único que quieres es volver a hacerlo.
Y eso es lo que más me llevo de Embarca, más allá del premio. Lo que construimos para los estudiantes, que cada intento quede y cuente aunque no sea el ganador, es exactamente lo que me dan a mí los hackathons. El sábado no ganamos. Pero me llevé un sello más.
Gracias
Gracias al equipo organizador del Club Hispanidad Futura, Gemma Prieto Capell, María Victoria Felipe, Borja Vega y Anika Cámbara Valencia, por montar el hackathon; al Instituto de Emprendimiento Avanzado por acogernos, y a los mentores y al jurado por su feedback.
La demo está abierta: https://club-hispanidad-futura.vercel.app